Exorcismo de fin de semana (cuento propio)



Nombre y apellido: Jimena Sol Videla
Comisión: 07 (2020)
Profesor: Santiago Castellano
Modalidad: individual
Consigna: escribir un cuento con 5 objetos elegidos




Exorcismo de fin de semana

El lunes Maia amaneció otra vez enroscada en una manta en el sillón. Era el tercer día que dormía ahí. Todavía no se animaba a pasar la noche en la cama matrimonial sin Azul. Apenas abrió los ojos, Mercury se levantó de sus pies y se acercó ronroneando a olerle la cara. Le acarició un rato el lomo anaranjado mientras intentaba despabilarse.

El gato bajó de su pecho y pudo levantarse del sillón. Vio la hora en la cocina, eran las 14.09. Otro día que empezaba tarde. Tuvo la suerte de separarse antes de un fin de semana largo. Todavía tenía dos días antes de volver a la disquería y ver a su viejo, que aún no sabía nada. Tenía hambre, pero la cocina era un desastre. Vio los platos acumulados desde el viernes a la noche, cuando Azul finalmente se fue. No los lavó en parte como protesta a la exigencia de su mujer de lavar inmediatamente después de comer y en parte para pensar que ella seguía ahí, como su labial impregnado en el vaso.

Se dispuso a lavar todo para poder cocinar un almuerzo medianamente digno, ya que prácticamente no había comido en dos días. Se ató el delantal por detrás de la cintura y empezó. El agua al principio le quemó un poco las manos, pero en cuanto reguló la temperatura le pareció una sensación reconfortante. Dejó para el final el vaso que había usado Azul. Mientras pasaba la esponja por el borde borrando su labial color vino, se miró el anillo en el dedo anular izquierdo.

Cerró el agua y con el dedo índice y el pulgar de la otra mano lo movió un poco para los costados, mirando casi tildada las tres florcitas que tenía. Era el anillo de su bisabuela, Celia, que usaba como amuleto. Se lo había puesto en ese dedo para reemplazar la alianza y no torturarse cuando se viera la mano. No sirvió: cada vez que lo veía se acordaba de lo linda que era su alianza, que tenía tres diamantes.

Volvió en sí misma y se fue al living a poner música para cocinar. Debajo del mueble de la tele tenía el cajón con vinilos. Recorrió todos los lomos con la yema de los dedos. Frenó al azar y le tocó a In Rainbows, de Radiohead. Sacó el disco, lo apoyó sobre la bandeja, lo hizo girar, ajustó la púa sobre él y empezó a sonar "15 Step".

Moviéndose al ritmo de la música fue hasta la heladera y se sirvió una copa del segundo malbec que había abierto la noche anterior. Rápidamente se preparó un tostado de queso, tomate y palta. Mientras tanto, Mercury maullaba desde el piso, esperando recibir algo. Se sentó en el sillón para almorzar. Apoyó el plato y la copa arriba de una de las tres cajas que estaban desperdigadas por el living. Hacía tres días el departamento tenía el doble cosas. El gato se subió a la mesa y cuando se sentó empujó una pila de libros, haciendo que se caiga el de arriba de todo, que estaba más desbalanceado. Lo miró caer y lo dejó ahí. Era La escuela de las hadas, de Conrado Nalé Roxlo, uno de los primeros libros que leyó fascinada cuando era chica.

Después de almorzar, se armó un porro y lo fumó haciendo la sobremesa, mientras terminaba de escuchar el disco de Radiohead. Tenía ganas de regodearse en su dolor, así que buscó en Netflix una película que ya había visto dos veces: Las ventajas de ser invisible (The Perks of Being a Wallflower). Lloró un total de cinco veces viéndola. Cuando terminó, se fue a la oficina con “la caja de arte”; así llamaba al contenedor de plástico en el que guardaba sus implementos artísticos.

Apoyó la caja arriba de una silla al lado del escritorio. Se sentó, sacó un cuaderno de hojas de alto gramaje, agarró un marcador negro indeleble y escribió: “Aceptamos el amor que creemos merecer” (“We accept the love we think we deserve”). Arrancó la hoja de los anillos del cuaderno y con dos chinches la clavó al corcho en la pared. Amplió la mirada haciendo un paneo de todas las cosas que había colgadas: una entrada del recital de los Rolling Stones en River del 2006; una foto que le había sacado al símbolo de anarquía escrito con aerosol en una pared; varias tarjetas de la disquería, que iban cambiando su modelo con el correr de los años; unas cintas de colores que se había traído como recuerdo de Brasil; una foto de ella en Ámsterdam; un retrato tipo caricatura de la perra que tuvo Azul la mitad de su vida; y los pines de Los Simpsons que usaron el día que se casaron, igual que Marge y Homero en el capítulo del casamiento de Lisa. Los había robado en la feria de Chacarita cuando tenía 11 años y los guardaba desde aquel entonces, esperando el día de su casamiento. Cuando los guardó, todavía no sabía que era lesbiana y mucho menos que iba a tener que militar para poder casarse con su mujer. Se los llevó en la mano hasta el sillón, se acostó en la oscuridad y pensó en qué había fallado en su relación hasta dormirse.

El martes se despertó temprano porque le sonó la alarma del celular a las 9.00. Había desactivado la del lunes, pero no la del martes. Lo había dejado apoyado en el respaldo del sillón desde el domingo. Apagó la alarma y por costumbre abrió WhatsApp. Vio que tenía 8 chats y 3 grupos pendientes de respuesta y se sintió abrumada por tener que hablar con gente, así que decidió simplemente ignorarlos. Cuando se despabiló respiró hondo y fue a prepararse unos mates. Le pesaba salir del sillón. Enchufó la pava eléctrica y mientras se calentaba el agua recordó que era 9 de julio y que hacía exactamente un año habían estado de vacaciones en Bariloche. La típica semana de intento de reconexión que se toman las parejas que están casi deshechas. Se acordó de que en la campera que había llevado estaba el pin de su abuelo que usaba como escarapela. La fue a buscar y se la puso en la bata del lado izquierdo, donde está el corazón, para festejar el día patrio.

Volvió a la cocina cuando escuchó que cortó la pava, cargó el agua en el termo y cebó el primer mate. Consideró eso como una forma válida de romper el ayuno y se fumó la mitad del porro que le había quedado. Entre el estado de agotamiento mental que tenía de todo el fin de semana y el estómago vacío, se fue rápido al sillón y se sentó casi desplomada. Se arrastró por el costado hasta el piso y se estiró para alcanzar el libro que estaba caído. Miró el dibujo de la tapa, mitad ida, mitad demasiado metida. Se puso los auriculares, abrió Spotify y dio play en una playlist de rock nacional que había armado en conjunto con su papá. Era de las que ponían de fondo en la disquería, cuando estaban con mucho trabajo y no podían encargarse de estar poniendo y sacando los vinilos.

Abrió el libro y encima de su panza cayó la estampita de Spinetta que le había regalado su papá cuando se fue a vivir sola y hacía meses no encontraba. La agarró entre los dedos y se la quedó mirando fijamente, obnubilada por los colores. Los ojos dejaron de hacer foco y empezó a ver la figura como una mancha. Mercury maullaba mirando una sombra arriba de una de las cajas. Cuando llevó la vista hacia ese lado no podría creerlo, el mismo flaco Spinetta sentado en su casa, cantando "Quedándote o yéndote":

Y deberás plantar
y ver así a la flor nacer.
Y deberás crear
si quieres ver a tu tierra en paz.
El sol empuja con su luz
el cielo brilla renovando la vida.

Y deberás amar
amar, amar hasta morir.
Y deberás crecer
sabiendo reír y llorar.
La lluvia borra la maldad
y lava todas las heridas de tu alma.

De ti saldrá la luz,
tan sólo así serás feliz.

Y deberás luchar
si quieres descubrir la fe.
La lluvia borra la maldad
y lava todas las heridas de tu alma.
Este agua lleva en sí
la fuerza del fuego,
la voz que responde por ti,
por mí...

Y esto será siempre así,
quedándote o yéndote.



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