Diario


Diario

Miércoles 13/5/2020
Son las 13.51 y en el balcón solo queda un rinconcito de sol. Me pongo rápido protector solar en la cara pensando que lo tendría que haber hecho antes. Espero que mi rosácea no se dé cuenta. Conecto los auriculares y salgo. Cuando llego a la punta del balcón activo el temporizador: 15 minutos de sol por día.
Me pongo de frente y aprieto play en Spotify. Ya no escucho la amoladora de la casa de enfrente. Empiezo a sentir el calor en la piel. Me pregunto si la gente del edificio que está a mitad de cuadra me verá todos los días haciendo esto. Cómo se verá desde afuera una persona poniéndose en el rincón de sol que queda; pienso que es una imagen triste, como la de un pájaro en una jaula, pero paradójicamente es un momento de paz para mí.
Observo la gente pasando, los autos, los perros. Sale Kali a tomar sol conmigo y de paso se lleva unas caricias. ¿Serán felices los gatos acá? ¿Qué sería de su vida si no la hubiera adoptado? Pienso que su compañía es la forma que encuentra para agradecerme por rescatarla. 
Se levanta un viento fuerte y fresco que me alivia, a esta hora el sol es fuerte. Entro a revolver un poco el arroz que está en el fuego y vuelvo rápido. Ahora también está Tyrion. Siempre terminamos los tres en el rinconcito.
El arroz quedó un poco apelmazado, pero bueno, tampoco el arroz con atún es una receta gourmet. Es para comer rápido y seguir laburando.
La chichita –como le decimos en casa a la gata– entrecierra los ojos, ella también disfruta el sol mientras se baña. Escucho un tema y lo canto mímicamente: “mil formas de soñar...”.
Cierro los ojos y apunto la cara directamente al sol y trato de no pensar en nada un rato. Se supone que esto mejora el aspecto de la piel y ayuda a la absorción de vitamina D. Qué lindo debe ser salir a pasear al perro.
No me gusta el tema que estoy escuchando para este momento, así que lo paso hasta encontrar uno más calmo. “Te pienso ahora, dormida y en tus sueños, tus lágrimas no brotan ya...”. ¿Soy yo o todo se puede relacionar con la cuarentena?
“Agitadas olas pedían el fin de la destrucción”… Quizás necesitábamos esta cuarentena para bajar un cambio y volver a disfrutar 15 minutos al sol haciendo nada.
El temporizador interrumpe la canción, pero la quiero escuchar hasta el final.

“En mi cara pasan los días
y en los días en temor
a la peor catástrofe y al dolor...
por no poder contemplar
y acariciar tus brazos,
sentir tu suave voz ahora
y sembrar el valor.

Las distancias inquebrantables

separan nuestros sueños,

aguardar es lo que no quiero”.

Piel de gallina. Entro.


Para quien lo quiera escuchar completo: 

https://www.youtube.com/watch?v=2Cy480OEYlM.




Jueves 14/5/2020
Salgo al balcón mandándole un audio a mi viejo. Cuando termino activo el temporizador. Hoy está fresco y se escuchan ruidos de obra por todos lados. Me molestan, sobre todo porque no saqué los auriculares. Apoyo la rodilla en un tacho de pintura que hay abandonado, con los codos entre las dos barandas que en la punta forman un ángulo de 90°.
Escucho el audio que le mandé a mi papá para ver si no soné muy sacada. Por suerte no. 
Veo que estaciona una camioneta roja en frente y un señor canoso baja sus compras hasta la puerta. Por el costado pasa un cartonero arrastrando el carro. Tiene barbijo, a diferencia de otros que vi días anteriores. Pienso en lo diferente que vivimos la cuarentena algunas personas y si esta pandemia no terminará siendo una enfermedad social como tantas otras.
Sale Emi y cuando llega al rincón me da un beso en la frente y me hace unos masajes en el cuello. Mientras, habla y cambia de tema cada 5 segundos. Nota las hojas del otoño alrededor de los árboles. Dice que tenemos que salir más temprano a tomar sol así no estamos en el rincón, pero yo admito que me gusta estar acá. Capta la indirecta y me dice “ok, entonces te dejo sola entonces”, dándome otro beso en la frente.
La gata se para en dos patas en la mesa apoyándose en la baranda y se acaricia la cara con la red. Quedó cerrada la puerta del balcón y Tyrion maúlla para salir, mientras Kali mira obnubilada el reflejo del sol que hace la pantalla de mi celular en la pared.
Veo a otro cartonero y retomo el pensamiento que quedó interrumpido.
Suena el temporizador. Mejor que me ponga a laburar.




Viernes 15/5/2020
Salgo con los auriculares puestos, pero no estoy escuchando nada. Veo que hay una especie de niebla y que el cielo está medio nublado, aunque no hace frío. Está lindo. Salí en short y musculosa, como para enfatizar esa sensación de “exterior”.
Emi me acompaña con un mate mientras me muestra un video al cual no le presto atención. Cuando estoy afuera conecto con otras cosas, como la bandada de cotorras que pasa sorpresivamente a la altura del balcón.
Me apoyo con la rodilla en el tacho de pintura. Giro y veo que los dos gatos ya están acá. Siento el sol fuerte, a pesar de que está detrás de las nubes. El viento en las piernas y los brazos me despabila.
Noto por primera vez un balcón angosto en la cuadra porque hay una persona hablando por teléfono ahí. Observo más esa casa, ¿será que ahora la veo porque el árbol no está frondoso?
En el primer piso tiene un balcón de cemento, medio antiguo. Los dos que siguen hacia arriba son de reja. Al tipo que habla lo noto incómodo. Entra y sale y camina de costado. Me da la sensación de que le tiene miedo a la altura.
¡No puse el temporizador! Pongo 10 minutos en vez de 15, aunque está tan lindo que me quedaría indefinidamente. Me traigo una silla y apoyo los pies en el tacho de pintura. Veo más gente en la calle que el resto de los días.
Aprovecho que estoy con los auriculares e intento poner algo. Voy y vengo en Spotify sin poder elegir. Extraño que mis podcast suban episodios nuevos a la plataforma. Voy con Bad Religion para tener “de fondo”.
Kali se frota contra el almohadón que tiene el tacho arriba con intenciones de subirse, pero están mis pies. Le hago espacio y la ayudo a subir. Se para en dos patas en la baranda, hasta que se queda tranquila apoyada en mi tibia.

Suena el temporizador pero me voy a quedar un rato más.






Sábado 16/5/2020
Es un día casi de verano. Apenas salgo noto algo distinto: chicos paseando. ¡La envidia que le tengo en este momento a esa nena en patines!
Me saco las pantuflas pero todavía tengo las medias, así que entro a cambiarme y me pongo las ojotas para sentir el viento en los pies.
Los chicos siguen pasando. Noto lo colorido de su ropa y cómo se destacan entre los colores típicos del otoño.
Otra vez me olvidé el temporizador, lo voy a poner en 13 minutos. El sol está bastante picante, lo siento en la cabeza. Veo en una terraza a un señor de remera gris tomando sol en una silla, ¿también se estará quemando? Pienso que me va a hacer mal a la piel y entro a buscar el protector solar. Me lo pongo afuera, inmediatamente siento alivio en los brazos y en las piernas. El olor me hace acordar a la playa, casi que puedo oler la sal del mar... Siento una entre una mezcla de nostalgia y paz. Me hago un poco de sombra en la cara con las manos.
Voy y vengo con el celular entre Instagram y WhatsApp, creo que para no pensar tanto en el sol. Me siento en el tacho casi de espalda, con una pierna levantada y apoyada en la reja. Suena el temporizador pero me pasaría la tarde en el balcón, quizás lo haga.




Domingo 17/5/2020
Saliendo pienso en lo que daría por estar en el pasto del Parque Rivadavia.
Veo una señora fumando en un lugar en el que nunca vi gente. Es como un patiecito trasero. Me parece que también me mira. Este ritual me hizo descubrir que no soy la única con su rinconcito.
Me pongo los auriculares y elijo Queen. Inevitablemente muevo los labios con la letra y las piernas al ritmo de la música: “I’m burning through the sky…”. Se me ocurre algo para el diario de ideas.
Me apoyo de espaldas en la intersección de las dos barandas para que el sol me dé del lado derecho, con el pie arriba del tacho de pintura.
Sigo tarareando los temas de Queen: “tun, tun, tun, another one bites the dust...”.
Veo mi reflejo en la puerta de vidrio de la otra punta del balcón. Chasqueo los dedos por la música y Kali piensa que la llamo, se pasea entre mis piernas.

Me alejo un poco para ver el famoso “rinconcito” en perspectiva. No parece tener nada de mágico, pero lo es. Me siento en el tacho y suena el temporizador, interrumpiendo “I want to break free”.

Todxs somos Freddie .





Lunes 18/5/2020
Salgo y apoyo el termo y el mate en el tacho de pintura. Los gatos están atrás y les juego un poco con el reflejo del celular. Me descalzo las pantuflas y me paro arriba. Apoyo el celular en la baranda, me cebo un mate, lo tomo y lo apoyo ahí también.
Veo a la gata caminando por el borde de la baranda y casi me infarto a pesar de tener la red de protección. La hago bajarse.
Vuelvo al rincón y tomo otro mate. El día está lindo, el sol esta fuerte pero se contrarresta con el vientito fresco.
Kali se quedó acostada en la silla.
Hoy veo poca gente, mucha menos que el fin de semana.
Abro los mails desde el celular. Me tomo otro mate. Entro a Twitter y me entero de que es el día de la escarapela. Pienso en el pin de mi abuelo y me río de un meme.
Tyrion se acerca a tomar sol conmigo. Me olfatea, me mira y me maúlla; le acaricio la cabeza.
Me doy cuenta de que estuve todo el tiempo con los auriculares puestos sin escuchar nada, excepto el temporizador avisándome que se terminaron los 15 minutos.

Me pongo las pantuflas y vuelvo adentro.






Hablamos en clase de seguir con esta actividad haciendo las modificaciones que creamos convenientes. En mi caso la voy a redirigir a un momento de escritura de sensaciones o situaciones, sacando el tiempo cronometrado.




Miércoles 20/5/2020
Llego a mi rincón habiendo pasado casi una carrera de obstáculos: corrí una silla, levanté el almohadón naranja que el viento tiró al piso y lo puse arriba del tacho. Finalmente, apoyo la rodilla arriba y los codos en cada baranda. Estoy bien de frente al ángulo de 90° que forman las barandas en la esquina del balcón.
Del lado izquierdo me llega el sol y del derecho el viento que me acaricia el cuello y sigue su camino casi como atravesándome. Me veo desde afuera como si fuera una película en una imagen dividida de plano simétrico. De un lado soy calor y del otro frio. De un lado rojo y del otro azul. De un lado luz y del otro sombra. Un “sujeto dividido” que paradójicamente me hace pensar en El hombre duplicado de Saramago. Como cuando la célula se divide para formar dos nuevas.
Pienso que los días empezaron a pasar muy rápido repentinamente, como antes de la cuarentena, lo cual significa que las rutinas y la cotidianidad ya se adaptaron a esta nueva realidad.
Me siento de espalda a la baranda y me despego para que no se me ensucie la remera.
Kali y Tyrion toman sol a mi lado. Estoy ansiosa porque en un rato tengo mi sesión de terapia semanal por videollamada. ¿De qué voy a hablar? ¿De algo profundo o de algo superficial? ¿Cuántas veces ocupé el tiempo de la sesión hablando de cualquier cosa para no hablar de lo que realmente me pasaba? La terapia a veces es como la escritura: necesita tiempo.
A veces te vas de la sesión con la sensación de que se reveló algo, como cuando varias ideas se juntan y articulan formando ese texto coherente y atrapante que deseamos crear. Es cuando aparece el sentido. El sentido de la historia. El sentido de la terapia. El sentido de la vida, quizás.

Jueves 21/5/2020
No salí al balcón en todo el día porque estaba nublado y lloviendo.
A las 21.15 me asomé, estaba oscuro y frío.
Lo extrañé.

Lunes 25/5/2020
Entre la lluvia y el frío, este fin de semana la creatividad no salió por la escritura, pero salió por el dibujo:

Es una imagen de la película “El viaje de Chihiro”.





Martes 26/5/2020
La ferretería es el único lugar abierto que veo. Hay una fila de tres personas esperando afuera, sale una, entra otra, los otros avanzan, como en una especie de coreografía que todos sabemos casi por inercia.
El último, que está con su perro de la correa, se agarra la manos por detrás de la espalda y se balancea de un lado a otro. Se apoya un poco sobre una pierna y se extiende hacia adelante para ver para adentro.
En esa cuadra siempre se hace un cuello de botella entre los que van a la ferretería y los que pasan.
Me llama la atención un tipo en short y crocs pero con campera de abrigo.
Cuando le toca el turno al del perro, se acerca a la puerta pero habla desde afuera mientras el perro le tensa la correa. Debe ser una costumbre de antes de la pandemia; ahora es más riesgoso que entre un humano a que entre un perro.
Miro para el otro lado y otra vez está el del balcón que camina de costado mientras habla por teléfono. Siempre está vestido de negro o de colores oscuros. ¿Por qué sale a hablar al balcón? ¿Vivirá con más gente? ¿Hablará por trabajo? Pienso en qué pasaría si él me estuviera mirando a mí y me siento invadida, así que por hoy mejor le dejo su privacidad.




Martes 2/6/2020
No puedo creer que ya estemos en junio. Como en Argentina dejó de haber estaciones intermedias y solo hace frío o calor, las bajas temperaturas me alejaron un poco del balcón. Ahora tengo que salir con campera. Ya es el mediodía y Emiliano me alcanza una porción de pizza que como parada en la esquina. Es la primera vez que como acá tomando sol.
De repente un ruido a plástico me hace buscarlo con la mirada. Era una mujer abriendo un paquete en la calle. Le sacó el envoltorio y la cinta a una caja, que tiró en un tacho de la calle. Se fue caminando y mirando lo que sacó de adentro. No pude distinguir qué era y me quedé con intriga de saber, sobre todo porque no aguantó a llegar a su casa y lo abrió en la calle…




Miércoles 10/6/2020

Los días pasados el clima estuvo horrible. No solo hace más de 80 días que estamos encerrados, a eso hubo que sumarle 4 días sin ver el sol. Así que hoy aprovecho y salgo a mis 15 minutos. El panorama en la calle es el de siempre. La gente entra y sale de la ferretería, los autos pasan, las personas pasean a sus perros caminando lentamente. A esta altura, parece que vivimos en una de esas películas en las que el protagonista se despierta siempre en el mismo día y no puede pasar al día siguiente hasta que no cambie algo.
Mientras tomo sol, aprovecho y estiro un poco el cuerpo. Con cada movimiento, un dolor diferente. Será una mezcla de sedentarismo con edad. Pensar que cuando era chica fantaseaba con ser contorsionista… Me encerraba en mi cuarto y en la cama hacía todo tipo de torsiones. Mi preferida era tocarme la cabeza con la punta de los pies. Ahora, ciertamente, no podría hacerlo. ¿Era realmente un talento o solo la elasticidad típica de la infancia? No lo sé, pero pienso que en realidad nunca me cultivaron ningún talento en particular. Mi única obligación era cumplir con la escuela y así lo hice. Cuando tenía la tarea hecha, me permitía mi tiempo para dibujar o jugar.
A medida que voy estirando, comienzo a sentirme más liviana. Claro, estaba completamente agarrotada. ¿Qué me cuesta hacer estos estiramientos todos los días? Nada, solo 15 minutos de mi vida, pero por algún motivo los dejo de lado para priorizar otras cosas. Ni en cuarentena dejan de pesar más las obligaciones que el propio bienestar. ¿Cuántas cosas dejamos de hacer por poner adelante las responsabilidades? ¿Cuántas veces nos encontramos haciendo algo que nos gusta pensando por qué no lo hicimos antes o por qué no lo hacemos más seguido? Como cuando era chica, primero las obligaciones y después el placer. El tema con la adultez, es que esa lista de cosas que hacer antes que todo es cada vez más larga, por no decir interminable. Quizás, en esta película la protagonista tenga que romper la inercia homogénea de la productividad y dedicarse un tiempo a ella misma.




Martes 16/6/2020
Tengo que volver a mi casa caminando de noche. En una esquina tengo que tomar la decisión de si volver por adentro por el camino más corto o por un camino más largo, haciendo parte del trayecto por una avenida. Casi siempre elijo el largo.
Voy sola pero me siento acompañada, y no precisamente en el buen sentido. El celular me lo pongo en la cintura y las llaves, entre los dedos. Siento el miedo desde el cuero cabelludo hasta la punta de los dedos de los pies. Estoy en estado de alerta total. Cualquier movimiento o sonido enciende mis alarmas, erizándome por completo.
En el camino hasta la avenida hay cuadras completamente oscuras, que ni siquiera tienen alumbrado. A lo lejos, como una foto en sepia, se ve la avenida iluminada y el movimiento con un filtro amarillento. Ese es mi horizonte y hacia allá voy.
Pero con cada paso que soy*, las cuadras oscuras parecen ser más largas y la luz parece estar más lejos. Me empiezo a agitar, como si moverme implicara un gasto de energía descomunal. Las piernas se me relajan al punto que siento que se me vencen. Cada paso parece una travesía y no logro avanzar.
Entro en desesperación. ¿Ahora qué hago? Tengo que llegar, como sea voy a llegar. ¿Quién me manda a caminar sola a esta hora? Si no fuera mujer, ¿me lo cuestionaría yo?, ¿me lo cuestionaría la sociedad? Si me pasa algo, seguramente un conductor de noticiero me juzgaría por esto. Por mi ropa. Por mi maquillaje. Por si salí o cuándo volví.
A veces es de día y me pasa lo mismo. La diferencia es que hay gente en la calle a la cual le puedo pedir ayuda. Pero, ¿cómo confiar en ellos? En la desesperación de no controlar mi propio cuerpo lo intento, pero así como no me responden las piernas, tampoco lo hacen mis cuerdas vocales.
Tomo aire, inflo bien mis pulmones para sacar el grito más fuerte de mis entrañas, pero no pasa nada. La gente me mira a la cara y no hace nada. Me pasan por al lado y hasta se giran a mirarme, pero no hacen nada.
Estoy sola en la calle y tengo miedo de no llegar a mi casa.


*quise escribir “doy”, pero me pareció un fallido interesante y lo dejé así.

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