Mi vida en diarios (autobiografía)


Nombre y apellido: Jimena Sol Videla
Comisión: 07 
Profesor: Santiago Castellano
Modalidad: individual
Consigna: escribir mi autobiografía (primera escritura)

Mi vida en diarios

Los nombres que me eligieron mis viejos fueron Jimena y Sol; lo que la herencia dejó al azar fue el apellido: Videla. Tuve la fortuna de haber nacido con ese apellido en Argentina. Mal karma, ¿no? Durante mi infancia y adolescencia recibí miradas y comentarios de todo tipo: “¿tenés algo que ver?”, “¿sos familiar?”. La respuesta: un “no” corto, seco y a otro tema. Con el correr de los años llegué a odiarlo y a sentir vergüenza, mil veces pensé en cambiarlo, hasta el día de hoy lo hago. Pero si algo aprendimos de que un Videla haya pasado por este país, es la importancia de la identidad y en este texto voy a intentar hablar de la mía.

Nací el 21 de julio de 1990 en medio de una ola polar que fue tapa de diarios, la misma que mi abuela Nelly, con 93 años, recuerda en cada uno de mis cumpleaños. En los 90, cuando cumplías años, seguro que recibías un perfume Mujercitas de regalo y un diario íntimo con candado incorporado. El primero que tuve llegó cuando cumplí 8. Tenía la tapa acolchonada e ilustrada con ositos. Adentro, las hojas perfumadas se dividían en secciones de tres colores. Y así fue como tuve mi primer acercamiento a la escritura. En ese diario escribía lo que hacía en la escuela, lo que pasaba en casa y mis secretos: o sea, qué chico me gustaba. Escondía la llave en el lugar más recóndito entre mis cosas, pero el candado era bastante dócil y mi hermano siempre lograba revisarlo para reírse de mí. Con las hojas de ese diario le hice dibujos a mi papá y cartas a mi mamá.

A los 11 empecé con las agendas. En esa época la Pascualina era todo lo que quería: una agenda anillada, con colores, dibujos, sobre para guardar cosas y páginas de stickers que reflejaban situaciones o estados de ánimo y, lo más importante, un recuadro en la punta de la hoja para anotar secretos y esconderlos en el pliegue. La brujita Pascualina (el personaje que la ilustraba) fue mi regalo de Navidad y mi confidente durante dos años. Cuando la terminaba, casi que no cerraba de la cantidad de cosas que tenía adentro. Anotaba absolutamente todo lo que hacía, lo que hablaba con mis amigas, los chismes del curso, mis sentimientos, mis primeros períodos; pegaba entradas de cine, envoltorios de golosinas y papelitos con mensajes que nos mandábamos en clase.

Cuando terminé la primaria, pensé que la Pascualina era cosas de nenas y que en el paso a la secundaria tenía que mostrar madurez, así que me agarré una agenda corporativa que le regalaron a mi mamá. Me anoté en una escuela pública y no entré porque no salí sorteada. Terminé en un colegio católico que me eligieron, en un barrio completamente alejado de todas mis amigas. Lo odiaba. Mis anotaciones empezaron a plasmar ese torbellino llamado adolescencia.

A los 14, justo en el verano antes de empezar las clases, me enteré el verdadero motivo de la separación de mis viejos (cuando yo tenía 3 años). Lo pregunté mil veces y siempre me dijeron “fue porque nos peleábamos mucho”. Me mintieron toda la vida, pensé. Ese fue el puntapié inicial de la decadencia en la relación con mi mamá.

Las peleas y los roces ocuparon toda mi adolescencia y un poco más. No podía expresar lo que sentía en voz alta; cuando estaba sobrepasada de emociones, escribía. Por suerte, tenía una vía de escape: la casa de mi papá y el barrio donde estaban mis amigas de la primaria. De “la 17” quedamos un grupito de tres: Tami, Aye y yo; inseparables. Durante los años de secundaria, conocí a mis otras amigas, quienes fueron mi disfrute junto a las salidas y la música; trataba de estar en mi casa el menor tiempo posible. Empecé a ir a recitales, a salir a bailar, pero anímicamente la etapa del colegio no fue mi mejor época.

Al concluir los estudios llegó el momento de elegir una carrera y yo estaba más que perdida. Elegí Letras sin pensarlo demasiado. Tampoco tuve mucha orientación vocacional, ni en la escuela, ni en mi casa, ya que fui la primera de mi núcleo familiar en ir a la universidad. Ya no tenía agenda, pero me había comprado un cuaderno todo terreno, en donde pegaba flyers y entradas de recitales. Ir a Puán me gustaba, me generaba una linda sensación ser universitaria, pero también empecé a ponerme presiones que no me jugaban a favor. Simplemente no enganché académicamente el primer año y lo viví como un fracaso. Me cambié a Edición, que no tenía CBC obligatorio, siguiendo un poco en la misma línea vocacional y para no sentir que había perdido un año. Tami, mi mejor amiga, la que me quedó de la primaria, estaba un poco en la misma que yo y arrancamos juntas.

Una noche, en un recital conocí a Emiliano, mi novio, el mismo que tengo hoy, después de 10 años. Obvio, todo el comienzo de la relación está escrito en un cuaderno y nuestra historia quedará para otro relato. Spoiler alert: es mi futuro marido.

Lo que sigue no es lindo. Entre el primer y el segundo año de universidad terminé una relación de amistad tóxica que me separó de mucha gente, dejándome prácticamente sola; sufrí un abuso intrafamiliar; y Tami se suicidó. Quedé en un limbo, a la deriva, me era casi imposible procesar tantas cosas. Obviamente, abandoné la facultad por completo y entré en una etapa oscura. Dejé de escribir.

En los años sucesivos, seguí adelante por inercia. Hice un tecnicatura en corrección de textos, mi mamá se fue a vivir a San Luis, me mudé con mi papá, conseguí trabajo como correctora, retomé amistades e hice nuevas. A los 24 me fui a vivir sola y, finalmente, me reencontré conmigo misma. Empecé un trabajo de introspección y de revisión. Mis diarios fueron una guía para rearmar todo lo que me había pasado. Pagar mi primer alquiler, ver a mis viejos como simples personas (con errores y aciertos), perdonarlos y perdonarme fueron los actos que marcaron mi salto definitivo hacia la adultez.

Después de muchas dudas, de no sentirme capacitada, del miedo al fracaso, a no encajar, a ser muy grande para empezar de nuevo, ahora llegó el momento de saldar una deuda que tenía conmigo misma, un proyecto que quedó en pausa: hacer una carrera universitaria en la UBA.

Y no es casual: este año volví a escribir un diario.


Jeu.

Comentarios

  1. Hola, me gustó mucho lo sincera que fuiste en este relato, contando cosas de lo mas fuertes y profundas que viviste.
    Me gustó como empezaste el relato con el tema de tu apellido y remarcando lo importante de la identidad. De hecho me pareció interesante que tu cuento (el de la anécdota de chejov) fuera sobre la dictadura. En este te ubicas en una posición totalmente separada a los dictadores, y logras reforzar tu identidad.
    Esta bueno que te animes a contar sobre el miedo al fracaso, que aunque no todos lo digamos, es algo que casi siempre esta presente (en menor o mayor medida).
    El relato es bastante llevadero y generó que me emocionara o me pusiera triste en distintas partes. Al final me puso feliz leer que después de todas las vueltas de la vida y cosas que tuviste que atravesar, eligieras finalmente hacer lo que hace mucho querías: estudiar en la UBA.

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    1. Hola, Flor. Es muy lindo lo que me escribiste y te agradezco por eso. La verdad que después de publicarlo dudé si no había contado demasiado, pero creo que poner en palabras lo que nos pasa es sanador; y eso fue lo que quise transmitir en el texto en general. ¡Besos!

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